El corazón le latía furioso, como queriendo escapar de su
pecho. Sus piernas, cansadas ya de correr, le amenazaban con detenerse en
cualquier momento.
La muerte le seguía de cerca, notaba el frío acariciando su
espalda, cada vez más intenso. Y por delante, una interminable recta.
Pero cuando parecía que su cuerpo y su mente iban a
rendirse, dos caminos se formaron frente a él. Uno llevaba a una vida plena y
feliz; el otro, a una vida tortuosa.
Y mientras se decidía la parca lo alcanzó, quitándole con
indiferencia sus opciones.
Llegas tarde, ya no quiero que me encuentres
En mis dientes burbujea el sabor de una derrota
En mis botas desgastadas después de cruzar mil puentes
Se adivinan otras huellas, tuyas muerte, que me rondas
Alcánzame y hazme libre, sin yo afán de libertad
O déjame encadenado a mis pasos en la vida
De pecado, fui engendrado por tomar fruta prohibida
Que termina por castigo compartido con Adán.
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