Tenía que llegar al teléfono. Marcar el número de
emergencias y aguantar hasta que llegaran en su auxilio. Si la ambulancia no
tenía un choque frontal contra un tráiler de 18 ruedas, claro. Tal y como había
ido el día, no le extrañaría. Para empezar la mañana, se había quemado la
lengua con el café con leche del desayuno.
-¡Joder Luis, te he dicho que quería la leche del
tiempo! -le había reprochado al
camarero.
Más tarde, al leer la prensa, una mala noticia: sus acciones
habían caído debido a que una fábrica con trabajadores menores de edad había
salido a la luz. Y claro, era él quien debía de pagarlo.
-Qué injusto es el mundo Lucía, qué injusto…
-Mucho señor, mucho –había respondido la empleada de la
limpieza, que en realidad se llamaba Elvira, y que le estaba limpiando el
despacho mientras su hijo volvía de vuelta a su país.
Por supuesto, el regreso del trabajo no había sido mejor,
aunque el atasco a esas horas estaba asegurado, y ya se había acostumbrado.
Y para colmo, al llegar a casa, el accidente. Había
tropezado en el último escalón cuando bajaba del baño del segundo piso, con tal
mala fortuna que había caído contra la vitrina del recibidor, y un cristal le
había producido un feo corte en el cuello.
Estaba manchando la alfombra de sangre, pero bueno, ya la
llevaría a la tintorería. Primero había que llegar al teléfono. Unos metros
más, aunque fuesen de penoso recorrido arrastrándose por el suelo, y lo tendría
en la mano.
-Y cenaré carbohidratos –se dijo en voz alta-. Hoy me los
merezco
-No cariño, de eso nada. Ya sabes lo que dice el médico –le
respondió la rejuvenecida imagen de su ex mujer-. Marca el número de
emergencias, anda.
Entonces se dio cuenta, entre mareos y niebla, de que tenía
el teléfono en la mano, ¡por fin!
-Emergencias, ¿qué sucede?
- ¿Podrían venir a recoger mi alfombra?
-Perdone, ¿cómo dice?
-La he manchado de sangre, me temo que les costará sacar
esas…
-¿Sangre? Cuénteme lo que ha pasado. ¿Oiga? ¿Señor?
Una mirada inerte al vacío fue la única respuesta.
Qué valor darle el valor
A la vida de lo muerto
De lo estéril de lo inerte
De lo que no siente amor
Que la gran preocupación
Del vital y el moribundo
Que caerán en un segundo
Sea el maldito doblón
La perra gorda, la guita
La plata, la vil peseta
Volviendo huraño al asceta
Y miserable al ladrón
Y por esa condición
La salvación no merece
El que siente que perece
Esclavo de la razón
Por no salir al balcón
De gritar los sentimientos
Y guardar su sufrimiento
En pecho sin corazón.
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