-Mañana me iré, esta vez no habrá vuelta atrás –se dijo a sí
mismo en voz alta.
Acababa de llegar a casa tras un día de trabajo intenso.
Mucho papeleo. Cuando empezó en la oficina, le gustaba realizar sus tareas,
pero poco a poco la monotonía le arrancaba la vitalidad. Soñaba con irse, con
dejar la mayor parte de sus pertenencias, y vivir de manera humilde, trabajando
también, tal vez, pero en algo que le diese menos dinero y más satisfacción.
A veces incluso había preparado listas de objetos para
llevar consigo, sólo lo indispensable. Pero siempre retrocedía en su decisión.
Se miró al espejo de la entrada:
-Mañana serás un hombre nuevo, un hombre algo más libre.
Y se sonrió, convencido de su idea. Preparó una mochila con lo que sería su
escaso equipaje, y sintiose satisfecho al ver que esta vez iba en serio, puesto
que en sus anteriores intentos, no había llegado tan lejos.
Tras ésto, preparó algo de comer, una buena cena de
despedida. Y tras cenar, se dio un relajante baño de agua caliente. ¡Ah, se
sentía como nuevo! Con el albornoz puesto, se sentó en el sofá, encendiendo la
televisión para distraerse un rato con una película.
En un intervalo de anuncios, miró la mochila de reojo, al
lado de la puerta, y decidió irse a la cama. Era tarde y necesitaba descansar
para el papeleo pendiente que le esperaba mañana.
De charla con el yo que querría hacer de mí
la vida se me aburre en esos sueños
los pasos cada día están más quietos
si en esa dirección mi sentido busca ir
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